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Opinión, pensamiento crítico, para quienes creen con fe en
el cambio


En las grietas de los centros penitenciarios chilenos late una cifra que no es solo estadística, sino el síntoma de una falla tectónica en la estructura social. Entre 2021 y 2025, el encarcelamiento de mujeres en Chile tuvo un salto del 79%, una cifra que desborda cualquier incremento en la población penal masculina. Sin embargo, el dato revelador se evidencia en la causa: casi la mitad de estas mujeres están privadas de libertad por delitos relacionados con el microtráfico.


No. No es una ola de criminalidad organizada en términos tradicionales. Al observar de cerca, lo que aparece es una antigua genealogía del cuidado. La mayoría de estas mujeres son madres y el único sostén de hogares donde el Estado es, en el mejor de los casos, una sombra ausente. Y sí, el microtráfico surge como una vía de subsistencia para cumplir con el mandato del cuidado: alimentar, proteger, sostener. Aquí, el delito es la última capa de una resistencia por la supervivencia biológica de la familia; una respuesta informal dentro de un sistema que ha desplazado funciones esenciales hacia circuitos que no reconoce y que, al mismo tiempo, sanciona cuando se vuelven visibles.



La red que brota cuando el árbol se seca


Al colocar el lente desde la celda hacia el tejido social del mundo, vemos que este no es un problema local, es una forma de liderazgo que actúa bajo la superficie de la sociedad. Mientras el poder tradicional opera como un sistema arbóreo —vertical, jerárquico y centralizado—, el liderazgo de la mujer, sobre todo en épocas de crisis, se comporta como un rizoma.


El rizoma es una red horizontal que no tiene centro. Si una parte se corta, el sistema no muere; simplemente brota en otro punto con la misma intensidad. Estudios sobre economía del cuidado han insistido en que una parte sustantiva del funcionamiento social descansa en este trabajo no remunerado, mayoritariamente femenino, que no aparece en los indicadores económicos pero sostiene la estabilidad en escenarios de crisis prolongada. La OECD documentó este fenómeno durante la pandemia al señalar que las mujeres no solo concentraban el trabajo sanitario —donde representan el 70% de la fuerza laboral mundial—, sino también la mayor carga de cuidado no remunerado en los hogares, ampliando una brecha de género que ya era crítica.



La ciencia y la gestión de la incertidumbre


Esta capacidad rizomática de generar respuestas en medio del colapso, tiene un anclaje histórico en la ciencia (y miren como ha impacto esto en nuestra sociedad actual) y marcó un cambio de  paradigma en la resolución de problemas críticos. 


Katalin Karikó, cuya persistencia con el ARNm —a pesar del rechazo sistemático de las instituciones académicas tradicionales durante décadas— permitió el desarrollo de las vacunas que frenaron la crisis sanitaria más asoladora de nuestra era. O el legado de Marie Curie, quien en la Primera Guerra Mundial organizó una flota de unidades de rayos X móviles —las "Petites Curies"— para llevar la medicina al frente de batalla. En ambos casos, el descubrimiento se transformó en una arquitectura de cuidado.


Pregunta anónima: ¿y acaso los hombres no ayudan en el día a día?

Volvamos al contexto.


Investigaciones sobre gestión estratégica señalan que los liderazgos femeninos suelen ser superiores en contextos de crisis debido a una menor aversión al riesgo social y una mayor capacidad de construir coaliciones transversales. En lugar de apoyarse en jerarquías rígidas, estas líderes desarrollan una visión periférica que prioriza la sostenibilidad de toda la comunidad.


La repetición del patrón se vuelve reconocible en los escenarios de mayor tensión política y ambiental del planeta. En Irán, las movilizaciones bajo el lema “Mujer, Vida, Libertad”, persisten sin un centro único, con nodos que aparecen y desaparecen sin interrumpir el movimiento, cuestionando un régimen que utiliza el control del cuerpo femenino como objeto de orden.


Este mismo comportamiento rizomático sostiene la vida en los territorios devastados por la crisis climática. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) ha observado que la participación de mujeres en la gestión comunitaria se asocia a mayores niveles de resiliencia local frente a eventos extremos. Es posible que dentro de las localidades, veamos a mujeres a cargo de articular redes para garantizar el acceso al agua, alimentos y tierra cultivable cuando la coordinación institucional se desmorona. 



El desajuste: El techo de cristal de la supervivencia


Y esto queda claro en la contingencia que estamos viviendo: las mismas estructuras que dependen de esta organización rizomática, siguen sin visibilizar y sin incorporar a políticas sociales, las estrategias de la vida cotidiana, de millones de mujeres a cargo del cuidado en hogares.


En este contexto, la realidad de las mujeres en las cárceles chilenas, ¿puede leerse solo como una estadística de alza de delincuencia? Desde los altos mandos, donde se hace uso de estas cifras para hacer balance social, debería ser importante contemplar como este hecho es dentro de otras variables, una consecuencia del debilitamiento de las políticas de gobierno, y hoy forma, como tantas otras dinámicas, parte de nuestra geografía de cuidado.





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Actualizado: hace 17 horas


A comienzos de este año, una investigadora en ciberseguridad eliminó en vivo los servidores de una aplicación conocida informalmente como un “Tinder para nazis”. El sitio conectaba usuarios interesados en formar relaciones exclusivamente entre personas blancas bajo la idea de preservar una identidad racial común. Funcionaba como cualquier aplicación de citas: perfiles personales, algoritmos de compatibilidad, conversaciones privadas.

Antes de borrarlo, la investigadora utilizó herramientas de inteligencia artificial para interactuar durante semanas con los usuarios y recopilar miles de conversaciones y datos personales. El sitio desapareció en minutos. La noticia circuló brevemente y luego se perdió entre titulares.


Lo inquietante no fue el hackeo.

Fue que casi nadie pareció sorprenderse.



¿Por qué seguimos llamando extremistas a ciertas ideas y prácticas? ¿Qué margen se desplazó para que necesitemos niveles cada vez más explícitos de violencia antes de reconocer algo como peligro real?


Hace apenas algunos años, amplias regiones del mundo discutían cómo reconocer formas de violencia que durante décadas habían permanecido invisibles. Legislaciones contra el acoso callejero, políticas de igualdad de género y revisiones culturales profundas modificaron aquello que se consideraba normal. Una generación entera vivió un antes y un después: conductas cotidianas dejaron de tolerarse y comenzaron a nombrarse como agresión.


Nombrar transformó la experiencia social.


Durante el último siglo, muchas sociedades ampliaron progresivamente sus estándares de derechos civiles y dignidad pública. La violencia no desapareció, pero cambió el umbral desde el cual era evaluada. Lo que antes parecía inevitable empezó a discutirse.

Entonces algo comenzó a invertirse.


En medio de crisis económicas recurrentes, aceleración tecnológica y una sensación global de inestabilidad permanente, apareció una narrativa distinta: quizá habíamos ido demasiado lejos. Quizá algunos derechos eran excesos. Quizá la apertura había debilitado la cohesión social.


No como ruptura frontal, sino como corrección silenciosa.


Ordenar nuevamente.

Reducir complejidades.

Revisar qué merece llamarse derecho.


La discusión empezó a desplazarse casi sin ruido. Se relativizó el impacto de ciertas violencias, se cuestionó si algunas agresiones eran realmente agresiones y lo que hace pocos años parecía consenso reapareció como debate abierto.


No estamos presenciando simplemente un giro ideológico, sino un cambio silencioso en aquello que las sociedades comienzan a considerar aceptable para sentirse seguras.

Los informes internacionales registran retrocesos sostenidos en libertades civiles y políticas en distintas regiones del mundo durante casi dos décadas consecutivas. Pero las cifras describen el resultado, no el proceso.

Informes recientes documentan un aumento sostenido de violencia online contra mujeres periodistas y activistas, donde más de dos tercios han sufrido ataques digitales y un 41 % experimentó posteriormente agresiones físicas. La violencia simbólica vuelve a tomar corporalidad, pero bajo nuevas formas de legitimación.



El proceso ocurre antes, en la sensibilidad colectiva.


Las sociedades rara vez cambian de forma abrupta. Ajustan lentamente sus límites de tolerancia. Hannah Arendt advertía que los quiebres políticos comienzan cuando los hechos dejan de provocar pensamiento, cuando algo deja de sorprender.

La exclusión ya no aparece necesariamente como agresión abierta, sino como elección personal, preferencia cultural o búsqueda de seguridad. El fenómeno no consiste únicamente en la existencia de ideologías radicales —han existido siempre— sino en la modificación del umbral perceptivo desde el cual las observamos.


Tal vez por eso el caso del “Tinder para nazis” no produjo el impacto que habría generado hace una década. Cambió el marco desde el cual lo interpretamos.



Desde América Latina, este desplazamiento adquiere una resonancia particular. Las tensiones globales llegan amplificadas por redes digitales y debates importados, pero se insertan en sociedades que ya enfrentan desigualdades estructurales y fragilidad institucional distinta. Aquí, la distorción comienza a cimentarse. El efecto no suele ser la adopción literal de movimientos externos, sino algo más silencioso.


Las crisis históricas rara vez comienzan cuando cambian las leyes. Comienzan cuando cambia la sensibilidad colectiva, cuando el umbral de lo intolerable se desplaza lentamente y necesitamos cada vez más evidencia para reconocer que algo se ha quebrado.

Quizá por eso el episodio pasó tan rápido.

No porque fuera irrelevante, sino porque ocurrió dentro de un mundo que ya aprendió a convivir con aquello que antes habría parecido imposible.


El margen no desapareció.

                     Solo se movió.


Vuelvo atrás en la lectura. ¿Qué es lo silencioso que permite el movimiento del margen?



Dejo la pregunta abierta.




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Actualizado: hace 17 horas


En las últimas décadas, las mujeres en América Latina han ocupado un lugar central en los procesos de transformación social, política y cultural. Desde distintas generaciones —millennial, Z y, más recientemente, Alfa— se observa un desplazamiento significativo en la forma de entender la participación pública, el compromiso social y la vivencia de la espiritualidad. No se trata de un retiro de lo colectivo, sino de una reconfiguración profunda de sus sentidos.


Diversas investigaciones sobre juventudes en la región coinciden en que la generación millennial fue clave en la reapertura del espacio público tras largos períodos de transición democrática y desigualdad persistente. En ese contexto, muchas mujeres incorporaron la política a la vida cotidiana, vinculándola con la educación, el trabajo, los derechos sociales y la equidad de género. La acción política dejó de limitarse a la militancia formal y comenzó a expresarse en prácticas concretas, territoriales y culturales.


La Generación Z hereda ese impulso, pero lo reformula desde una sensibilidad distinta. Estudios recientes muestran que hoy las jóvenes centran su atención en problemáticas como la crisis climática, la protección animal, la diversidad en los modelos de familia y el bienestar emocional. Su participación es más flexible, menos jerárquica y fuertemente mediada por lo digital. En este tránsito, la política se vive menos como pertenencia institucional y más como una práctica ética orientada al cuidado de la vida, en todas sus formas.


Este giro ético atraviesa también la manera en que se relacionan con la espiritualidad. Investigaciones sociológicas sobre religiosidad contemporánea señalan que muchas personas jóvenes —especialmente mujeres— mantienen una búsqueda espiritual activa, aunque no siempre ligada a una adscripción institucional clara. La espiritualidad aparece integrada al sentido de vida, a la salud mental y a la coherencia entre valores y prácticas cotidianas.


Estas transformaciones comienzan a proyectarse con fuerza en las generaciones más pequeñas. Estudios sobre infancia contemporánea advierten que niñas y niños crecen hoy en contextos de alta exposición digital, crisis globales y cambios culturales acelerados. En ese marco, la transmisión de valores y espiritualidad ocurre menos por vía declarativa y más a través de la experiencia: el cuidado, la estabilidad afectiva, la presencia adulta y la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.


Resulta difícil no leer este momento como una interpelación directa a las formas en que construimos comunidad, educación y sentido. Las nuevas generaciones observan con atención cómo se vive la ética en lo cotidiano y evalúan, a partir de ello, la credibilidad de los espacios que habitan. Allí se abre una oportunidad concreta: transformar los grandes espacios sociales, educativos y espirituales en lugares realmente habitables, donde las preguntas no sean un problema, sino el punto de partida para construir respuestas compartidas frente a los desafíos del presente y del futuro.





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