🚩 Nombramos autismo porque el crimen duele
- lovlab estudio creativo
- hace 4 días
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El 27 de marzo de 2026, a las 10:30 de la mañana, un estudiante de 18 años salió de un baño del Instituto Obispo Silva Lezaeta de Calama con dos mochilas cargadas de armas blancas, gas pimienta y un plan escrito durante cuatro meses. Una inspectora murió. Cuatro personas resultaron heridas. Y en las horas siguientes, mientras la policía periciaba el cuaderno y los medios transmitían en vivo, el diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista del agresor comenzó a circular como si fuera una explicación.
Cuando una sociedad necesita urgentemente una explicación, suele elegir la que quita el miedo.
La Condición del Espectro Autista es una forma de procesar el mundo. Décadas de literatura científica lo confirman: las personas en el espectro son significativamente más propensas a recibir violencia que a ejercerla. Lo que el fiscal señaló en la formalización fue preciso: TEA nivel 1, depresión severa, trastorno de ansiedad, y pleno juicio de realidad al momento de planificar. Lo que ocurrió en ese colegio se explica por algo más incómodo que un diagnóstico.
En marzo de 2025, un adolescente con TEA agredió gravemente a su profesora en Trehuaco. La misma escena: el diagnóstico al centro, el autismo como causa. Especialistas aclararon entonces lo mismo que ahora: la agresividad en personas TEA responde a ansiedad y frustración extrema sostenida en el tiempo, nunca a intención planificada de daño. El padre de ese adolescente contó que la profesora había repetido delante del curso que su hijo no le servía porque no escribía. El sistema no tenía a nadie entrenado para lo que vendría después.
Hay una operación intelectual que ocurre tan rápido que casi no se ve: identificar la etiqueta, colocarla como causa, y nos lavamos las manitos. Esa velocidad con que los medios le dan explicación a los fenómenos, tiene un costo preciso: clausura el espacio donde las preguntas claves deben ponerse sobre la mesa.
Cuando la causa es una condición neurológica, el problema pertenece al individuo. Y cuando el problema pertenece al individuo, el sistema queda intacto. Sin preguntarse por qué Chile carece de protocolos para detectar radicalización online, cuando el agresor de Calama llevaba meses publicando señales y la primera página de su cuaderno tenía una sola instrucción escrita en rojo: DIFUNDIR.
Antes fue la mala crianza, los videojuegos, el barrio. Cada época elige algo periférico y deja el centro intocado. La pregunta es sobre las condiciones que estamos construyendo para que los jóvenes crezcan, qué tan solos los dejamos, y qué tan preparados están los adultos que los rodean.
Tres semanas después de Calama, el gobierno lanzó "Escuelas Protegidas": revisión de mochilas, prohibición de pasamontañas, penas agravadas en recintos educacionales. El presidente del Colegio de Profesores lo dijo con exactitud: las medidas sirven de contención, pero no apuntan a las causas. En paralelo, 66 establecimientos de todo el país suspendieron clases por amenazas de tiroteo difundidas en redes o escritas en baños. Un brote por imitación, dijeron especialistas en los medios.
El cuaderno, las redes sociales, el historial de inasistencias desde séptimo básico, el diagnóstico archivado. Faltó el que alguien entrara a preguntarle cómo estaba. Que se sentara con él. Que viera qué estaba mirando en la pantalla por las noches.
La distancia entre lo que sabemos de nuestros jóvenes y lo que hacemos con eso es, también, una decisión.




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