Mujeres, generaciones y fe
- lovlab estudio creativo
- hace 2 días
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En las últimas décadas, las mujeres en América Latina han ocupado un lugar central en los procesos de transformación social, política y cultural. Desde distintas generaciones —millennial, Z y, más recientemente, Alfa— se observa un desplazamiento significativo en la forma de entender la participación pública, el compromiso social y la vivencia de la espiritualidad. No se trata de un retiro de lo colectivo, sino de una reconfiguración profunda de sus sentidos.
Diversas investigaciones sobre juventudes en la región coinciden en que la generación millennial fue clave en la reapertura del espacio público tras largos períodos de transición democrática y desigualdad persistente. En ese contexto, muchas mujeres incorporaron la política a la vida cotidiana, vinculándola con la educación, el trabajo, los derechos sociales y la equidad de género. La acción política dejó de limitarse a la militancia formal y comenzó a expresarse en prácticas concretas, territoriales y culturales.
La Generación Z hereda ese impulso, pero lo reformula desde una sensibilidad distinta. Estudios recientes muestran que hoy las jóvenes centran su atención en problemáticas como la crisis climática, la protección animal, la diversidad en los modelos de familia y el bienestar emocional. Su participación es más flexible, menos jerárquica y fuertemente mediada por lo digital. En este tránsito, la política se vive menos como pertenencia institucional y más como una práctica ética orientada al cuidado de la vida, en todas sus formas.

Este giro ético atraviesa también la manera en que se relacionan con la espiritualidad. Investigaciones sociológicas sobre religiosidad contemporánea señalan que muchas personas jóvenes —especialmente mujeres— mantienen una búsqueda espiritual activa, aunque no siempre ligada a una adscripción institucional clara. La espiritualidad aparece integrada al sentido de vida, a la salud mental y a la coherencia entre valores y prácticas cotidianas.
Estas transformaciones comienzan a proyectarse con fuerza en las generaciones más pequeñas. Estudios sobre infancia contemporánea advierten que niñas y niños crecen hoy en contextos de alta exposición digital, crisis globales y cambios culturales acelerados. En ese marco, la transmisión de valores y espiritualidad ocurre menos por vía declarativa y más a través de la experiencia: el cuidado, la estabilidad afectiva, la presencia adulta y la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Resulta difícil no leer este momento como una interpelación directa a las formas en que construimos comunidad, educación y sentido. Las nuevas generaciones observan con atención cómo se vive la ética en lo cotidiano y evalúan, a partir de ello, la credibilidad de los espacios que habitan. Allí se abre una oportunidad concreta: transformar los grandes espacios sociales, educativos y espirituales en lugares realmente habitables, donde las preguntas no sean un problema, sino el punto de partida para construir respuestas compartidas frente a los desafíos del presente y del futuro.
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