🌘 El relativo margen de la violencia
- lovlab estudio creativo
- hace 22 horas
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A comienzos de este año, una investigadora en ciberseguridad eliminó en vivo los servidores de una aplicación conocida informalmente como un “Tinder para nazis”. El sitio conectaba usuarios interesados en formar relaciones exclusivamente entre personas blancas bajo la idea de preservar una identidad racial común. Funcionaba como cualquier aplicación de citas: perfiles personales, algoritmos de compatibilidad, conversaciones privadas.
Antes de borrarlo, la investigadora utilizó herramientas de inteligencia artificial para interactuar durante semanas con los usuarios y recopilar miles de conversaciones y datos personales. El sitio desapareció en minutos. La noticia circuló brevemente y luego se perdió entre titulares.
Lo inquietante no fue el hackeo.
Fue que casi nadie pareció sorprenderse.

¿Por qué seguimos llamando extremistas a ciertas ideas y prácticas? ¿Qué margen se desplazó para que necesitemos niveles cada vez más explícitos de violencia antes de reconocer algo como peligro real?
Hace apenas algunos años, amplias regiones del mundo discutían cómo reconocer formas de violencia que durante décadas habían permanecido invisibles. Legislaciones contra el acoso callejero, políticas de igualdad de género y revisiones culturales profundas modificaron aquello que se consideraba normal. Una generación entera vivió un antes y un después: conductas cotidianas dejaron de tolerarse y comenzaron a nombrarse como agresión.
Nombrar transformó la experiencia social.
Durante el último siglo, muchas sociedades ampliaron progresivamente sus estándares de derechos civiles y dignidad pública. La violencia no desapareció, pero cambió el umbral desde el cual era evaluada. Lo que antes parecía inevitable empezó a discutirse.
Entonces algo comenzó a invertirse.
En medio de crisis económicas recurrentes, aceleración tecnológica y una sensación global de inestabilidad permanente, apareció una narrativa distinta: quizá habíamos ido demasiado lejos. Quizá algunos derechos eran excesos. Quizá la apertura había debilitado la cohesión social.
No como ruptura frontal, sino como corrección silenciosa.
Ordenar nuevamente.
Reducir complejidades.
Revisar qué merece llamarse derecho.
La discusión empezó a desplazarse casi sin ruido. Se relativizó el impacto de ciertas violencias, se cuestionó si algunas agresiones eran realmente agresiones y lo que hace pocos años parecía consenso reapareció como debate abierto.
No estamos presenciando simplemente un giro ideológico, sino un cambio silencioso en aquello que las sociedades comienzan a considerar aceptable para sentirse seguras.
Los informes internacionales registran retrocesos sostenidos en libertades civiles y políticas en distintas regiones del mundo durante casi dos décadas consecutivas. Pero las cifras describen el resultado, no el proceso.
Informes recientes documentan un aumento sostenido de violencia online contra mujeres periodistas y activistas, donde más de dos tercios han sufrido ataques digitales y un 41 % experimentó posteriormente agresiones físicas. La violencia simbólica vuelve a tomar corporalidad, pero bajo nuevas formas de legitimación.
El proceso ocurre antes, en la sensibilidad colectiva.
Las sociedades rara vez cambian de forma abrupta. Ajustan lentamente sus límites de tolerancia. Hannah Arendt advertía que los quiebres políticos comienzan cuando los hechos dejan de provocar pensamiento, cuando algo deja de sorprender.
La exclusión ya no aparece necesariamente como agresión abierta, sino como elección personal, preferencia cultural o búsqueda de seguridad. El fenómeno no consiste únicamente en la existencia de ideologías radicales —han existido siempre— sino en la modificación del umbral perceptivo desde el cual las observamos.
Tal vez por eso el caso del “Tinder para nazis” no produjo el impacto que habría generado hace una década. Cambió el marco desde el cual lo interpretamos.
Desde América Latina, este desplazamiento adquiere una resonancia particular. Las tensiones globales llegan amplificadas por redes digitales y debates importados, pero se insertan en sociedades que ya enfrentan desigualdades estructurales y fragilidad institucional distinta. Aquí, la distorción comienza a cimentarse. El efecto no suele ser la adopción literal de movimientos externos, sino algo más silencioso.
Las crisis históricas rara vez comienzan cuando cambian las leyes. Comienzan cuando cambia la sensibilidad colectiva, cuando el umbral de lo intolerable se desplaza lentamente y necesitamos cada vez más evidencia para reconocer que algo se ha quebrado.
Quizá por eso el episodio pasó tan rápido.
No porque fuera irrelevante, sino porque ocurrió dentro de un mundo que ya aprendió a convivir con aquello que antes habría parecido imposible.
El margen no desapareció.
Solo se movió.
Vuelvo atrás en la lectura. ¿Qué es lo silencioso que permite el movimiento del margen?
Dejo la pregunta abierta.
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