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El lujo de la atención sostenida


En el Día Mundial del Cerebro, una idea incómoda: la atención que perdimos no la va a devolver un organismo internacional ni una prohibición. La solución empieza por casa.

Pensemos un segundo. Son las nueve de la noche y en la mesa de la cocina alguien hace la tarea —tu hijo, tu sobrina, tú hace veinte años—. Al lado del cuaderno está el teléfono, boca arriba: un mensaje, un corazón, un video que empieza sin que nadie lo pida. Mira la pantalla, mira el cuaderno, vuelve a la pantalla. Él o ella no está distraída. Está haciendo exactamente lo que alguien, en alguna oficina, diseñó para que hiciera, y sí, esto también lo hacemos en la pega.


Para mi generación, aprender fue llenar un cuaderno, las clases fueron llenarse la cabeza de información que hoy día encuentro en Wikipedia. Se siente como una estafa. Meter datos donde antes no había, eso es todo. Tal vez, tú, que estás leyendo este artículo lo sabes porque lo viviste. Hoy podemos tener un libro abierto y no entrar en la historia porque tenemos la tele encendida, el notebook y el celular vibrando. No sé por qué esperábamos que en una sala de clases no fuese lo mismo.


Poner atención nos cuesta a todos. El niño, la niña sentada en esa sala de clases, el profesor, yo. Nunca hubo tanta cosa pidiéndonos mirar. Hagamos un ejercicio, salgamos a la calle, omitamos la publicidad, dejemos el teléfono en la casa, miremos durante una hora qué pasa en la ciudad sin mirar WhatsApp ni sacar una foto. Spoiler: no habrá notificaciones, hilos de conversación ni correos. No tendremos una inteligencia artificial que nos explique todo ni Google Maps para encontrar el trayecto de vuelta a la casa. A nuestro alrededor tenemos una industria cuyo negocio son los minutos que le entregas sin darte cuenta de lo que está pasando alrededor día tras día. Concentrarse dejó de ser algo natural y pasó a ser un lujo. Y los lujos, ya lo sabemos, no se reparten parejo, pero ese es otro tema.


La pregunta no empezó conmigo. Organismos como la UNESCO o la OCDE ya empezaron a cambiar la pregunta. Durante décadas la educación está buscando la respuesta de cómo enseñar mejor (¡hacemos congresos todos los años para encontrar esa respuesta!): qué método, qué prueba, qué currículum es el más apropiado para este nuevo año escolar. Pero las preguntas deben ser cada vez más incómodas si queremos llegar a algún lado: ¿Cuáles son las condiciones que debemos tener para el aprendizaje?


Todos somos responsables, no le dejemos el mecanismo de cambio a una organización internacional. Hay que aplicar lo que la neuropsicoeducación está diciendo hace rato con todo su vocabulario y plasticidad. La capacidad de concentración se hereda y la herencia no es solo genética, es también cultural. Entonces empecemos por casa, como dice el dicho. En Instagram aparecen noticias sobre países desarrollados en donde se limitó el uso de celular en las escuelas, luego en menores de quince años, sin embargo, el cambio de estructura está en los hogares. Soy de pensar que crían las familias, pero también los colegios. La necesidad inmediata es trabajar un vínculo más fuerte, en confianza y sincronía entre las instituciones educativas y la parentalidad.


Cada 22 de julio se conmemora el Día Mundial del Cerebro. Antes la fecha era una excusa para ganar todos esos likes que quieren las cuentas de ciencias y educación. Los datos duros: ochenta y seis mil millones de neuronas que pueblan tu cabeza, el concepto de la plasticidad: descubrimos que somos capaces de cambiar nuestras vidas. (hasta ahí parece que entendíamos que no éramos dueños de nuestras vidas). Lo importante es que sabemos que el cerebro aprende mucho más que hace veinte años, pero no nos estamos haciendo más inteligentes. Las contradicciones nos empujan a hacernos preguntas cada vez más exigentes. Eso es bueno. Lo extraordinario: el desarrollo del cerebro no es solo cosa de biología, sino de decisiones. Las tuyas, las mías, las de las instituciones. Cada vez que debemos elegir, tenemos que hacerlo con atención.



 
 
 

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