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Opinión, pensamiento crítico, para quienes creen con fe en
el cambio


A comienzos de este año, una investigadora en ciberseguridad eliminó en vivo los servidores de una aplicación conocida informalmente como un “Tinder para nazis”. El sitio conectaba usuarios interesados en formar relaciones exclusivamente entre personas blancas bajo la idea de preservar una identidad racial común. Funcionaba como cualquier aplicación de citas: perfiles personales, algoritmos de compatibilidad, conversaciones privadas.

Antes de borrarlo, la investigadora utilizó herramientas de inteligencia artificial para interactuar durante semanas con los usuarios y recopilar miles de conversaciones y datos personales. El sitio desapareció en minutos. La noticia circuló brevemente y luego se perdió entre titulares.


Lo inquietante no fue el hackeo.

Fue que casi nadie pareció sorprenderse.



¿Por qué seguimos llamando extremistas a ciertas ideas y prácticas? ¿Qué margen se desplazó para que necesitemos niveles cada vez más explícitos de violencia antes de reconocer algo como peligro real?


Hace apenas algunos años, amplias regiones del mundo discutían cómo reconocer formas de violencia que durante décadas habían permanecido invisibles. Legislaciones contra el acoso callejero, políticas de igualdad de género y revisiones culturales profundas modificaron aquello que se consideraba normal. Una generación entera vivió un antes y un después: conductas cotidianas dejaron de tolerarse y comenzaron a nombrarse como agresión.


Nombrar transformó la experiencia social.


Durante el último siglo, muchas sociedades ampliaron progresivamente sus estándares de derechos civiles y dignidad pública. La violencia no desapareció, pero cambió el umbral desde el cual era evaluada. Lo que antes parecía inevitable empezó a discutirse.

Entonces algo comenzó a invertirse.


En medio de crisis económicas recurrentes, aceleración tecnológica y una sensación global de inestabilidad permanente, apareció una narrativa distinta: quizá habíamos ido demasiado lejos. Quizá algunos derechos eran excesos. Quizá la apertura había debilitado la cohesión social.


No como ruptura frontal, sino como corrección silenciosa.


Ordenar nuevamente.

Reducir complejidades.

Revisar qué merece llamarse derecho.


La discusión empezó a desplazarse casi sin ruido. Se relativizó el impacto de ciertas violencias, se cuestionó si algunas agresiones eran realmente agresiones y lo que hace pocos años parecía consenso reapareció como debate abierto.


No estamos presenciando simplemente un giro ideológico, sino un cambio silencioso en aquello que las sociedades comienzan a considerar aceptable para sentirse seguras.

Los informes internacionales registran retrocesos sostenidos en libertades civiles y políticas en distintas regiones del mundo durante casi dos décadas consecutivas. Pero las cifras describen el resultado, no el proceso.

Informes recientes documentan un aumento sostenido de violencia online contra mujeres periodistas y activistas, donde más de dos tercios han sufrido ataques digitales y un 41 % experimentó posteriormente agresiones físicas. La violencia simbólica vuelve a tomar corporalidad, pero bajo nuevas formas de legitimación.



El proceso ocurre antes, en la sensibilidad colectiva.


Las sociedades rara vez cambian de forma abrupta. Ajustan lentamente sus límites de tolerancia. Hannah Arendt advertía que los quiebres políticos comienzan cuando los hechos dejan de provocar pensamiento, cuando algo deja de sorprender.

La exclusión ya no aparece necesariamente como agresión abierta, sino como elección personal, preferencia cultural o búsqueda de seguridad. El fenómeno no consiste únicamente en la existencia de ideologías radicales —han existido siempre— sino en la modificación del umbral perceptivo desde el cual las observamos.


Tal vez por eso el caso del “Tinder para nazis” no produjo el impacto que habría generado hace una década. Cambió el marco desde el cual lo interpretamos.



Desde América Latina, este desplazamiento adquiere una resonancia particular. Las tensiones globales llegan amplificadas por redes digitales y debates importados, pero se insertan en sociedades que ya enfrentan desigualdades estructurales y fragilidad institucional distinta. Aquí, la distorción comienza a cimentarse. El efecto no suele ser la adopción literal de movimientos externos, sino algo más silencioso.


Las crisis históricas rara vez comienzan cuando cambian las leyes. Comienzan cuando cambia la sensibilidad colectiva, cuando el umbral de lo intolerable se desplaza lentamente y necesitamos cada vez más evidencia para reconocer que algo se ha quebrado.

Quizá por eso el episodio pasó tan rápido.

No porque fuera irrelevante, sino porque ocurrió dentro de un mundo que ya aprendió a convivir con aquello que antes habría parecido imposible.


El margen no desapareció.

                     Solo se movió.


Vuelvo atrás en la lectura. ¿Qué es lo silencioso que permite el movimiento del margen?



Dejo la pregunta abierta.




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Actualizado: 23 mar


En las últimas décadas, las mujeres en América Latina han ocupado un lugar central en los procesos de transformación social, política y cultural. Desde distintas generaciones —millennial, Z y, más recientemente, Alfa— se observa un desplazamiento significativo en la forma de entender la participación pública, el compromiso social y la vivencia de la espiritualidad. No se trata de un retiro de lo colectivo, sino de una reconfiguración profunda de sus sentidos.


Diversas investigaciones sobre juventudes en la región coinciden en que la generación millennial fue clave en la reapertura del espacio público tras largos períodos de transición democrática y desigualdad persistente. En ese contexto, muchas mujeres incorporaron la política a la vida cotidiana, vinculándola con la educación, el trabajo, los derechos sociales y la equidad de género. La acción política dejó de limitarse a la militancia formal y comenzó a expresarse en prácticas concretas, territoriales y culturales.


La Generación Z hereda ese impulso, pero lo reformula desde una sensibilidad distinta. Estudios recientes muestran que hoy las jóvenes centran su atención en problemáticas como la crisis climática, la protección animal, la diversidad en los modelos de familia y el bienestar emocional. Su participación es más flexible, menos jerárquica y fuertemente mediada por lo digital. En este tránsito, la política se vive menos como pertenencia institucional y más como una práctica ética orientada al cuidado de la vida, en todas sus formas.


Este giro ético atraviesa también la manera en que se relacionan con la espiritualidad. Investigaciones sociológicas sobre religiosidad contemporánea señalan que muchas personas jóvenes —especialmente mujeres— mantienen una búsqueda espiritual activa, aunque no siempre ligada a una adscripción institucional clara. La espiritualidad aparece integrada al sentido de vida, a la salud mental y a la coherencia entre valores y prácticas cotidianas.


Estas transformaciones comienzan a proyectarse con fuerza en las generaciones más pequeñas. Estudios sobre infancia contemporánea advierten que niñas y niños crecen hoy en contextos de alta exposición digital, crisis globales y cambios culturales acelerados. En ese marco, la transmisión de valores y espiritualidad ocurre menos por vía declarativa y más a través de la experiencia: el cuidado, la estabilidad afectiva, la presencia adulta y la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.


Resulta difícil no leer este momento como una interpelación directa a las formas en que construimos comunidad, educación y sentido. Las nuevas generaciones observan con atención cómo se vive la ética en lo cotidiano y evalúan, a partir de ello, la credibilidad de los espacios que habitan. Allí se abre una oportunidad concreta: transformar los grandes espacios sociales, educativos y espirituales en lugares realmente habitables, donde las preguntas no sean un problema, sino el punto de partida para construir respuestas compartidas frente a los desafíos del presente y del futuro.





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La tecnología ha dejado de ser el horizonte y se ha convertido en el vecino del aula: obliga al profesor a replantearse su rol, a negociar entre lo virtual y lo humano, a asumir que el aula del siglo XXI puede ser terreno minado e ingobernable.


En Chile, ese viraje es abrupto. Las escuelas rurales aún carecen de conectividad básica, las brechas de acceso entre territorios se mantienen, y la formación docente en tecnologías digitales sigue siendo marginal. Según datos recientes, en los últimos 15 años solo 219 docentes egresaron con mención en Educación Tecnológica en el país, una cifra que indica el rezago estructural del sistema.



Oportunidad: personalización y ahorro de carga lectiva



La inteligencia artificial ofrece escenarios prometedores: adaptar contenidos según fortalezas del estudiante, automatizar tareas repetitivas y liberar tiempo del docente para la conversación rica, la tutoría y la reflexión. En la Universidad de Chile se está impulsando la alfabetización de docentes en IA para ajustar estrategias pedagógicas mediante datos predictivos. Es parte de la cultura institucional, priorizar la capacitación docente en estas áreas, transformando las posibilidades actuales, hacía un aula creativa y eficiente, y en el futuro, capaz de dinamizar su relación con el acelerado nacimiento de tecnologías inteligentes.



Riesgo: alienación del docente y empobrecimiento del vínculo



Cuando la tecnología se impone sin mediación, el docente se convierte en operador de pantallas, no en mediador del sentido. Los riesgos incluyen:


  • Que el alumnado dependa del algoritmo para pensar, no para cuestionar.

  • Que la corrección automatizada desplace el juicio pedagógico.

  • Que se profundice la brecha entre quienes tienen recursos tecnológicos y quienes no. UNICEF ha advertido que digitalizar sin cerrar brechas de acceso es reforzar desigualdades.

  • Que el docente sienta que su papel es prescindible: ya hay estudios que muestran que muchos profesores perciben la IA como amenaza, no como aliado.



Estrategias para manejar la tecnología en el aula



  1. Formación continua y alfabetización digital


    No basta con entregar tablets; los docentes deben ser capacitados no como operadores, sino como críticos de la tecnología. En Chile ya se realizan diplomados en integración de IA y docencia.


  2. Modelo de adopción gradual y reflexiva


    El modelo RAT (Reemplazo, Amplificación, Transformación) propone niveles progresivos: primero usar tecnología como reemplazo, luego para amplificar, y finalmente para transformar el aprendizaje. 


    No empieza transformando la clase, sino pensando cuándo y cómo la tecnología aporta valor real.


  3. Liderazgo escolar como motor del cambio


    El equipo directivo debe tener visión digital, competencias pedagógicas y actitud innovadora. Investigaciones muestran que las escuelas exitosas en integración TIC tienen directivos comprometidos e integradores.


  4. Políticas públicas orientadas al soporte real. Inversión sostenida en conectividad, equipamiento, mantenimiento y soporte técnico. También incentivos para que escuelas en zonas aisladas no queden rezagadas.




Chile, pantalla adelante: qué puede transformarse



  • Las metodologías como el aula invertida (flipped classroom) permiten que las clases presenciales se dediquen a debate, experimentación y tutoría, mientras el contenido teórico se trabaja en casa apoyado por plataformas virtuales.

  • La evaluación formativa se puede enriquecer con datos generados por sistemas que monitorean progreso del alumno, pero sin relegar el juicio profesional del docente.

  • En un futuro cercano, será imprescindible regular el uso de modelos de lenguaje (ChatGPT, LLMs) en evaluaciones: cómo integrarlos sin depender de ellos, cómo asegurar ética y originalidad. Un estudio reciente alerta sobre problemas de transparencia, sesgo y privacidad en LLMs aplicados a educación.



El aula se convierte hoy en un campo de batalla simbólico: entre quienes creen que la tecnología salvará la educación y quienes temen que la convierta en un simulacro. No es cuestión de “tecnofobia o tecnofilia”, sino de mirar con criterio humano.


El docente no puede ser empujado pasivamente: tiene que reclamar su lugar como mediador del sentido. Si Chile quiere un sistema educativo con alma, debe asumir que la tecnología no es neutral, y que integrarla implica decisiones éticas, formativas y culturales.





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